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PobreEl mejor 

BUROCRACIA1) Burocracia: (Del fr. bureaucratie, y este de bureau, oficina, escritorio, y -cratie, -cracia).
a. f. Organización regulada por normas que establecen un orden racional para distribuir y gestionar los asuntos que le son propios.
b. f. Conjunto de los servidores públicos.
c. f. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos.
d. f. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas (Diccionario de la Lengua Española - Real Academia Española).

2) Marxismo y Liberalismo. "Al parecer ambas corrientes de pensamiento tienen un enemigo común: la burocracia"

La "burocracia" es un fenómeno típico de nuestro tiempo que afecta tanto a muchas personas individualmente consideras como a una gran cantidad de organizaciones de todo tipo en nuestro país y en muchos otros del mundo. De ahí que, el siguiente artículo escrito por Alfonso J. Palacios Echeverría, hemos estimado postearlo in extenso en función de reflexionar en torno a la cuestión burocrática y, sobre todo, en la medida de lo posible, cada cual, de acuerdo a su realidad personal, pueda contribuir en la progresiva resolución de esta problemática que, efectivamente, como dice este autor es un "enemigo común". A pesar de que, Alfonso Palacios, concluye al respecto que  es poco lo que se puede hacer. No obstante, sostenemos que, es mejor hacer poco y no nada , cada persona, en su circunstancia.

3) Marxismo, Liberalismo y Burocracia:

La ausencia de una cultura política, sobre todo en aquellos que ocupan posiciones que implican la toma de decisiones a nivel de gobierno o de la creación de leyes, tiene consecuencias nefastas para la colectividad. Pero es también la tónica común de periodistas, representantes de cámaras empresariales, e incluso de jerarcas religiosos de las más diversas creencias, con los resultados correspondientes en la forma de actuar y de influir sobre las masas. Pero algo más grave aún lo constituyen las consecuencias de la ignorancia en lo que se refiere a la vinculación entre ideología política y administración pública, y especialmente en el cáncer que destruye toda buena intención, que se llama burocracia, y que al parecer es resistente a cualquier ideología.


Un ejemplo claro de la incultura política es, por ejemplo, tratar el marxismo, en cualquiera de sus modalidades, como si fuera la única alternativa al liberalismo, que también es variado en su forma de interpretar la realidad y conformar el sistema sociopolítico y económico. Esta falacia de “la única alternativa” niega la existencia de vías diferentes entre marxismo y liberalismo, con lo cual se cae en la vaguedad de la indefinición de posibilidades alternas a las extremas.

Marxismo y liberalismo son términos que involucran diversas concepciones según el lugar, el tiempo y las circunstancias culturales en donde se aplican para comprender una realidad de funcionamiento social. Y tanto de un lado como del otro tratan de convencernos de que los sistemas contrarios son fundamentalmente malos.

Uno de los problemas más evidentes de estas posiciones es el inveterado economicismo, es decir, tratar la propiedad y la organización de los medios de producción como la única cosa importante, olvidándose que lo realmente importante es la cultura política que lleva hacia un proceso de autogobierno en el que los ciudadanos construyen una sociedad que les permite realizar sus ideales personales bajo condiciones de libertad e igualdad. Y aquí entra la regulación de la propiedad privada y los mercados competitivos como un instrumento para controlar los excesos de las ambiciones autocráticas, monopolísticas, y el empobrecimiento masivo.

Hemos visto repetirse recurrentemente la postura de ciertos defensores en cada uno de los bandos señalando la “revolución final” que da un salto de una posición a la otra, recayendo una y otra vez en este error estipulativo. La vida es absolutamente diferente. Y se olvida que una revolución es solamente un intento exitoso de transformar los principios y las prácticas rectores de un aspecto básico de la vida a través de un acto de movilización colectiva y autoconsciente, que provocan grandes cambios en el sistema político sin transformar por ello todos los sectores de la sociedad.

Lamentablemente, la realidad nos demuestra una y otra vez que lo único que permanece siempre, dentro de una posición o la otra, es la tiranía burocrática. Y por lo general confundimos este horrendo cáncer de los gobiernos y sus andamiajes administrativos con las características propias de una corriente o la otra.

Hemos visto cómo, en el pasado reciente, algunos países han asumido una postura antimarxista dejándose seducir por la fascinación del que consideran como el poder liberador del libre mercado, olvidándose que pueden transcurrir décadas antes que las injusticias sociales y los daños medioambientales creados por un mercado no regulado se impongan a una nueva generación. De la misma forma que otros países han girado hacia unas modalidades marxistas, cuyos nombres varían según las realidades en donde se aplican, reduciendo las capacidades de producción de las iniciativas individuales.

Es cierto, debemos reconocerlo para no pasar por ingenuos, que en muchos lugares los ejercicios revolucionarios del pasado representan un papel central y positivo en la autodefinición de una cultura política, aunque muchas revoluciones llevadas a cabo en nuestra América Hispana no se hallaban firmemente enraizadas en una ciudadanía consciente y movilizada hacia objetivos claros, sino que la ruidosa excitación de la “política revolucionaria” condujo (y conduce hoy mismo) a la irracionalidad demagógica, no a la seriedad moral ni al compromiso racional en materia de principios políticos.

Parece que en el camino se olvida que no es tarea del Estado responder a las preguntas fundamentales de la vida, sino equipar a todos los individuos con las herramientas que necesitan para ser responsables de sus propias respuestas. Para ello la educación, la salud, la vivienda, la producción de alimentos, el control medioambiental, y la racionalidad burocrática son tareas indispensables. Y volvemos a insistir: los ciudadanos no deberían ser obligados a humillarse ante los burócratas. Sobre todo ante aquellos que defienden una u otra posición.

Lo que se encuentra actualmente en discusión es el libre mercado, de la misma forma que hace pocos decenios se encontraba bajo el mismo predicamento la planificación y el dirigismo estatal. Y por ello resulta indispensable recordar las limitaciones en el funcionamiento del libre mercado.

El primero tiene que ver con los fallos del mercado, pues en el mundo real no se ajusta a los modelos ideales de competencia perfecta, con lo cual se justifica una amplia gama de continuas intervenciones estatales, como serían el control medioambiental, la protección del consumidor, la atención de la población compuesta por personas de la tercera edad, y la atención médica de quienes no tienen la posibilidad de sufragar los altísimos costos que tiene en la actualidad en el ámbito privado. El segundo se relaciona con la justicia distributiva, ampliando el espectro de posibilidades para quienes son menos favorecidos en el juego del mercado puedan recibir apoyos indispensables para lograr la superación persona. El tercero se expresa en una teoría de las condiciones materiales y culturales para la libertad, que subraya la importancia crucial de la educación para preparar a cada ciudadano para el ejercicio de decisiones sensatas. Y finalmente, basados en la teoría de la igualdad de la ciudadanía,  asegurar los recursos políticos para que los ciudadanos puedan expresar sus deseos libremente.

Por ello, sin los esfuerzos constantes para lograr la igualdad social sin dominación, el discurso de un libre mercado degenera en una apología ideológica a favor de los ricos y los poderosos. Y se cae en el hecho indiscutible de que la mala distribución sistemática de la riqueza constituye una burla al ideal de igualdad política, cayendo en todos los tipos de los fallos del mercado: monopolización, degradación medioambiental, y explotación masiva de la ignorancia del consumidor.

Al parecer ambas corrientes de pensamiento tienen un enemigo común: la burocracia; que se encarga de mediatizar, entorpecer y deformar los ideales, los objetivos y metas, los planes, programas y proyectos, y cualquier buena intención de gobernantes, sea cual fuere su orientación política. Y ello es así, porque la tónica fundamental del la burocracia no es la racionalidad, como ingenuamente se nos enseña en los textos de administración, sino el egoísmo más acendrado y más hipócrita de todos. Y si a ello le agregamos la mediocridad y la estulticia propia que caracteriza al burócrata medio, no existe esperanza alguna para los buenos deseos de cualquier ideología.

Por ello es que resulta asombroso contemplar cómo, gobierno tras gobierno, los jerarcas políticos creen que podrán llevar a cabo los planes que nacen de su plataforma política frente a las necesidades ciudadanas y se encuentran bastante pronto impedidos por el peso demoledor de la burocracia que debería implantarlos e implementarlos. Esta ingenuidad da mucho en qué pensar.

Ahora realice usted una suma de los elementos: ignorancia política y burocracia, y piense un poco sobre lo que puede lograrse. ¿Muy poco, verdad?

 

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