El 12 de julio de 1904 se publicó, por primera vez, Subterra: cuadros mineros, de Baldomero Lillo Figueroa (1867-1923), considerado el maestro del género del realismo social en nuestro país. Este cuento no solo hace revivir esta historia sino también el actual “subterra” en la mina San José.
Desde Lota, Joaquín Peñailillo, escribe:
Retoman circuito turístico al interior del "Chiflón del Diablo". Circuito patrimonial por la emblemática mina de Lota fue cerrado tras el terremoto.
En Subterra (1904), Baldomero Lillo la describía como poseedora de "una siniestra fama". Y era que no, si en sus mejores tiempos, "El Chiflón del Diablo" se llevó la vida de incontables mineros, alimentando así su fama infernal y decenas de historias y anécdotas contadas por generaciones de trabajadores. Allí, en ese yacimiento iniciado en 1886, murieron desde niños a ancianos, víctimas de derrumbes, explosiones y accidentes en los carros de extracción del carbón, el mineral que ha marcado la vida de Lota y sus alrededores.
Fue en 1976 cuando cerró sus operaciones, anticipando la crisis del sector que llevó a paralizar la mayoría de la minería del carbón a fines de los 90. "Y no debería ser así, porque acá hay carbón para sacar por más de 100 años", comenta uno de los ex mineros que actualmente trabaja en el lugar, pero en una función completamente diferente: circuitos turísticos por lo más recóndito del chiflón, una actividad que estaba paralizada desde el terremoto de febrero y que el miércoles fue retomada.
No hay de qué asustarse, dicen los ex mineros que hoy explotan el lado amable de esta mina centenaria. Las añosas galerías del que originalmente se llamaba "Chiflón Carlos", ubicada a un kilómetro de profundidad bajo el nivel del mar, y en las cuales se puede caminar por horas, no sufrieron daños con el movimiento. Y ahí siguen, contando historias con sólo mirarlas. Como las de las vetas excavadas por niños, que comenzaban a laborar a los ocho años y a los 14 ya estaban casados y formando familia; como las jaulas donde los canarios advertían la presencia del gas grisú con su repentina muerte y que hasta ahora están colgadas en los túneles; o como los utensilios y herramientas de los mineros, a quienes se les pagaba con fichas, con a excusa de evitar que tuvieran dinero para gastar en licor y mujeres, las mismas que tenían prohibido bajar a la mina, ya que ésta se ponía "celosa".
Turnos largos
Abajo, en el chiflón, los termómetros marcan 23°C y la humedad llega a 60%. En ese ambiente los turistas pueden recorrer por cerca de una hora sus pasajes, estrechos y bajos, que muchas veces dejan dolores de espalda, pero nada comparable al millar de trabajadores que por décadas tenía que pasar 12 horas seguidas en esas mismas condiciones, en turnos que partían a las 7.00 y donde, con suerte, tenían 15 minutos para almorzar lo poco y nada que llevaban. La frase "ir al baño" no se conocía, principalmente porque no había uno. Sólo se habilitaban espacios para que cada cual hiciera sus necesidades: luego los ratones se encargaban de lo suyo.
"Las cosas cambiaron en los 60, ya que una ley permitió que los turnos desde ese momento fueran de ocho horas, aunque igual muchos se quedaban más rato, porque necesitaban la plata", cuenta Daniel Núñez, uno de los ex mineros que se encarga de los tours. "Nunca pensé que me iba a dedicar a esto, pero no queda otra, porque hay que alimentar a la familia", dice. El es una de las 10 mil personas que dejaron la minería y hoy intentan revivir su historia.
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